LOS CONSTRUCTORES PARA LA ETERNIDAD - (última parte)

Por Adrian Salbuchi

Revista Ideario, Abril 1984, número 19, págs. 9 y 10

 

Tomemos como ejemplo de este fenômeno a la Catedral de Chartres, que es una de las precursoras del estilo Gótico Grande y que se alza en Normandia sobre la antigua colina de los Carnutos -estirpe Celta- y más precisamente, sobre un antiguo templo druida, parte de cuya antiquísima cripta con su famosa Virgen Negra se incorporó a la Catedral. La Tradición señala que esta Virgen Negra se remonta a varios milenios antes de Cristo y estaría directamente vinculada al culto de Isis. Esto ha hecho que la colina de Chartres sea un lugar de peregrinación desde las épocas más remotas. El cristianismo luego mantuvo esta tradición y Chartres siguió siendo uno de los tres grandes centros de peregrinaje de Europa Occidental, junto con Santiago de Compostella y Canterbury (este último también sobre una antigua colina sagrada celta). Tan venerable era la tradición relacionada con Chartres que hasta las hordas jacobinas la respetaron en su mayor parte.

Siguiendo nuestra milenaria Tradición, este templo -al igual que las pirámides del Antiguo Egipto o el templo celta de Stonehenge en Inglaterra está sutilmente orientado respecto del firmamento, de manera tal que, por ejemplo, cada 21 de junio (solsticio de verano septentrional), a exactamente el mediodía local, un haz de luz solar penetra por un punto claro en el Vitral de St. Apollinaire e ilumina una única piedra blanca en el crucero sur por unos escasos momentos.

Los Maestros constructores de estos templos nos son mayormente desconocidos aunque nos han dejado su sello simbólico en los enormes laberintos grabados a lo ancho del transcepto de las naves madre y transversal, en alusión directa al gran arquitecto Dédalo y a Taseo, vencedor solar del telúrico Minotauro.

Ellos supieron unir técnica y arte en estos templos en los que lo vertical predomina y vence a lo horizontal; donde altísimas bóvedas desafian a la gravedad, pues parece imposible que las delgadas columnas y vitrales puedan soportar su peso. Precisamente ese peso era ingeniosamente trasladado a soportes en el exterior del templo a traves de arcos y puentes que a su vez originan un maravilloso efecto arquitectónico externo.

Fue la máxima espiritualización de la piedra. Al penetrar en la misteriosa penumbra allí reinante, el Hombre percibe su pequeñez ante la grandeza cósmica; la mirada se vuelve forzosamente hacia arriba y la inspiración así inducida es reforzada con los sones del órgano, padre de todos los instrumentos musicales cuyo único hogar es la catedral.

La Catedral era obra -La Obra- de generaciones y se nutría de la genialidad del Pueblo, el cual aunque viviera en aparente pobreza material (si lo miramos con los ojos del hombre moderno materialista), sentía, sin embargo, que perduraba eternamente en La Obra a la que consagraba su vida. Cada gremio, cada corporación -clérigos, laicos, nobles, militares- coordinaba sus esfuerzos para consumar la perfección de La Obra bajo la conducción de sus Creadores.

Una guilda aportaba un vitral en honor a su santo patrón; una corporación apoyaba la construcción de una capilla o conjunto de esculturas; un gremio construía el órgano mayor. Era el Pueblo unido en forma jerárquica y articulada aportando sus fuerzas espirituales y materiales para consumar una meta superior que sintetizaba su Honor y su Orgullo: La Obra. Así, ese Pueblo sano, fuerte, anónimo, fue el fértil sustento de esos genios Creadores. Ante tales sentimiento y metas, el factor económico tenía un lugar muy secundario y subordinado.

Luego de este florecimiento de la Gran Tradición, el suelo fértil de Occidente se vio contaminado por una amenaza ajena y su sentir. Pues a partir del siglo XVII irrumpe en Europa la subversión de la Revolución Mundial Materialista que, comenzando por las "revoluciones" inglesa y francesa, desemboca en el actual mundo capitalista y bolchevique, simétricamente complementarios.

Así, Occidente enfermó y se fue disolviendo esa unión de propósito y espíritu, cuyos pilares fundamentales son Dios, Sangre y Suelo; trilogía ésta que fue el "leit-motiv" de la Gran Tradición durante miles de años.

El Orden jerárquico del Pueblo que dio sustento a las magníficas obras que hemos descripto fue carcomido por intelectualismos antinaturales que prometían "libertad-igualdad-fraternidad" y llamaban a la lucha de clases.

La conciencia de los pueblos fue infectada con ideas que exaltaban el egoísmo y los "intereses privados" y le hacían olvidar a la comunidad; se exaltaba lo material a costa de lo espiritual; lo económico pasó al primer plano y toda la vida se le subordinó.

El Pueblo dejó de ser una fuente de inspiración y sustento que permitiera el surgimiento de la élite Creadora, porque al perder su sentido del Orden Natural, olvidó lo espiritual y dejó caer el puente psíquico que lo mantenía unido con el misterio del pasado, con la memoria genética.

La anteior estructura social verticalizada cedió ante la estratificación horizontal de la lcha de clases y se dividió al Pueblo contra si mismo. El pueblo se transformó en tierra estéril par ala que los Dioses ya no cuentan. Al ver esta mezquindad, éstos nos abandonan y se alejan del Alma de los Hombres.

Sólo cuando el Pueblo pueda volver a estructurarse nuevamente según los cánones de la Naturaleza, en su forma vertical y jerárquica, regresarán los Creadores. Recien entonces volverán éstos a darnos el sentido de la Vida que está en lo espiritual y no en lo material.

Mientras tanto, las tinieblas reinan en nuestro mundo. Sin embargo, debemos saber que antes de retirarse, los Dioses dejaron a buen resguardo en la Sangre de algunos y en el suelo de Occidente la semilla para un glorioso renacer. Renacer que ya en este siglo ha aparecido fugazmente como un rayo iluminando las tinieblas y señalandonos el Camino de los Dioses.

Bajo la sombra de esos templos de Piedra, inspirados en la soledad de esos "bosques pétreos", va renaciendo y creciendo la Estirpe Solar que invocará a los Dioses para que vuelvan a inspirarnos, reinando nuevamente ese Orden entre el Pueblo y sus Creadores providenciales. Habrá entonces un nuevo solsticio de verano que penetrará el Alma colectiva de la mejor parte de Occidente, como aquel rayo solar del vitral de St. Apollinaire en Chartres y dejaremos de estar divididos contra nosotros mismos, desechando consignas internacionalistas foráneas y recordando que lo único verdadero, auténtico y eterno es la Sangre del Pueblo, el Suelo patrio y la Divina Providencia.